REFLEXIONES SOBRE LA CRISIS ECONÓMICA CAPITALISTA
Como en las películas de terror, en las que un monstruo se desata cada cierto período, hoy estamos viviendo bajo el acoso incesante de un cruel dragón u ogro que devora la vida y la felicidad de millones de personas: la crisis capitalista. Con la diferencia de que este monstruo no tiene un héroe capaz de domarlo, sino que él mismo se repliega momentáneamente a su cueva y se agazapa a la espera del próximo ataque.
Eso para los ciudadanos que tienen la dicha de vivir más al norte o entre las clases medias altas, quienes sufren de manera cíclica estos ataques, pues los pobres del mundo, que somos mayoría, vivimos bajo su acoso permanente y no le llamamos “crisis” sino sistema capitalista o globalización.
Los economistas burgueses, quienes pretenden ser los paladines en la lucha contra la “crisis” debaten encarnizadamente sobre las mejores armas a usar: que si una baja en las tasas de interés, que algunos subsidios (más) a las empresas afectadas, que si operaciones de salvamento bancario con la plata de los contribuyentes, que la apertura de mercado, que si flexibilización laboral, que nuevas reglas de productividad, que globalización, etc.
Cuando ya lo creen finalmente derrotado, los economistas expresan su júbilo de diversas maneras (“el capitalismo triunfó, el comunismo fracasó”; “el mercado se corrige sólo”; “la mano invisible”, etc.), el dragón sale de su cueva y contraataca más ferozmente que antes, demostrando que éstos no son más que aprendices de brujo, y que sus fórmulas y modelos no son más que malas pócimas sin efecto alguno. Porque el monstruo vivirá mientras no se destruya su guarida: el sistema capitalista, cuyo objetivo es la acumulación de ganancia en base a la explotación del trabajo asalariado.
“Los economistas tienen una singular forma de proceder. Para ellos sólo existen dos tipos de instituciones: las del arte y las de la naturaleza. En esto se parecen a los teólogos, que también establecen dos clases de religiones. Toda religión que no es la ellos es una invención de los hombres, en tanto que su propia religión es una emanación de Dios...” (Marx, Carlos. Miseria de la filosofía).
Para los economistas al servicio del sistema las leyes del capitalismo o del mercado (que es lo mismo) son leyes naturales, por lo cual es imposible y absurdo intentar cambiarlas, ni siquiera controlarlas. Para ellos, la gente por naturaleza, así como comen y hacen el amor, tienden a lucrar y a acumular. Las relaciones humanas, según ellos, no son más que comercio, en el que alguien vende y alguien compra. Por ende, cómo va a estar mal un sistema cuyo objetivo es la acumulación de ganancia mediante el mercado. Mercado de productos y de fuerza de trabajo, en una palabra, mercancías.
Desde esa perspectiva la satisfacción de todas las necesidades humanas sólo pueden ser resueltas mediante la mediación del mercado, o sea, la compra de mercancías. “Su hijo necesita una medicina, pue vaya y cómprela”; “¿No tiene dinero? Pues vaya y trabaje (venda su fuerza de trabajo)”; “¿No le alcanza lo que gana?Le queda la caridad pública”.
Los economistas serviles del capital consideran “natural” los altibajos de los precios de la comida o del petróleo, pues están regidos por cosas abstractas como el “mercado” o la archifamosa “ley de oferta y demanda”. Cualquier intento de introducir un control de los precios o una regulación (regla o ley) para conducir de manera razonablemente humana el comportamiento de los precios, es “antinatural” y contra producente, según ellos.
Un sistema socioeconómico como éste, en que el mercado se constituye en el árbitro de todas las relaciones humanas y la única vía para satisfacer sus necesidades más elementales, presupone que la mayoría de las personas están expropiadas de los medios de producción (no son propietarios) y, por ende, están forzados a venderse como fuerza de trabajo por un salario, convertirse en mercancía, como dijo el viejo Marx.
La clase trabajadora moderna, la mayoría aplastante de la humanidad, se encuentra con la contradicción de que produce, con su trabajo, con su esfuerzo, toda la riqueza social (el petróleo, el arroz, los edificios, etc.) pero éstos no sólo no le pertenecen, sino que le pueden amargar la vida y no puede satisfacer sus necesidades ni alcanzar la felicidad a través de ellos, si no es por la mediación del mercado y el dinero.
Dice Marx: “...el objeto producido por el trabajo, su producto se enfrenta a él como algo extraño, como un poder independiente del productor... la enajenación del obrero en su producto no sólo significa que su trabajo se convierte en un objeto, en una existencia externa, sino que esta existencia se halla fuera de él, es independiente de él y ajena a él y representa frente a él un poder propio y sustantivo...” (Manuscritos económico filosóficos de 1844).
Necesitamos comer, pero los precios de los alimentos los hacen inalcanzables, y nadie parece saber por qué. Los economistas le echan la culpa a cualquier cosa: que el proteccionismo, que hay demasiados chinos, etc. Necesitamos electricidad y transporte, pero el precio del petróleo está por las nubes. El mismo cuento: que si se agotan las reservas dentro de 50 años, que los chinos y los indios, etc. Que si el dólar se deprecia y el euro sube parece que caprichosamente. Ni se atina la causa del problema, ni muchos menos con la solución.
Esto sucede porque se parte de la lógica del propio sistema que, al tener por esencia la producción generalizada de mercancías, el mercado regido por la panacea de todas las mercancías, el dinero, se oculta la realidad, dando paso a una ficción en la que los objetos parecieran tener vida propia y son capacez de imponer su voluntad a los seres humanos. Marx lo llamó fetichismo.
“...algo que caracteriza al trabajo que crea valor de cambio es que la relación social de las personas se presenta, por así decirlo, invertida, vale decir como una relación social de las cosas... Todas las ilusiones del sistema monetario derivan del hecho de que al dinero no se le reconoce como una relación de producción social...” (Contribución a la crítica de la economía política).
En otras palabras, la producción, la economía, no tiene como objetivo central del capitalismo la satisfacción de las necesidades de la gente, es decir, crear valores de uso. El objetivo del sistema es acumular ganancia a través del mercado, es decir, el valor de cambio que poseen los productos, el cual sólo puede ser realizado en el mercado mediante el dinero.
“En nuestra sociedad, la forma más general y simple que adoptan los productos del trabajo, la forma-mercancía, es tan familiar para todos, que nadie ve malicia alguna en ello... Si pudiesen hablar, las mercancías dirían: es posible que nuestro valor de uso interese al hombre. Por nuestra parte, como objetos, ello nos tiene sin cuidado. Lo que nos importa es nuestro valor. Así lo demuestra nuestra relación entre nosotras como cosas de venta y compra. Sólo nos vemos unas a otras como valores de cambio”. (El Capital. Tomo I.)
¿Cómo enfrentar esta situación? ¿Cómo introducir algunos elementos de racionalidad a la economía para que en verdad contribuya a mejorar la vida de la humanidad? Lo primero es destruir el fetiche y desenmascarar la realidad: la economía no se trata de objetos o cosas abstractas, se trata de RELACIONES ENTRE GENTE, RELACIONES SOCIALES DE PRODUCCCION, QUE SON LAS QUE HAY QUE CAMBIAR.
“Las mercancía no pueden ir por sí mismas al mercado, ni por sí mismas intercambiarse unas por otras. Por lo tanto debemos dirigir la mirada hacia sus guardianes y conductores, es decir, hacia sus poseedores. Las mercancías son cosas, y por consiguiente, no oponen al hombre resistencia alguna. Si carecen de buena voluntad, éste puede emplear la fuerza o, en otros términos, apoderarse de ellas. Para poner estas cosas en relación unas con otras, su propios guardianes deben relacionarse entre sí como personas cuya voluntad habita en las cosas mismas...” (El Capital, Tomo I).
La única manera de dotar de algo de humanidad a la economía parte por reconocer que la misma no se trata más que de relaciones entre personas y que el capital (el capitalismo) no es más que una relación social de explotación de una clase sobre otra, en la que los explotadores son los dueños de los medios de producción que emplean mano de obra asalariada en busca de la ganancia, y los explotados, los trabajadores, están desposeídos de propiedad sobre los mismos, por lo cual se ven forzados a venderse por un salario, con el cual adquirir en el mercado los productos necesarios para vivir.
El alto costo de la vida, los bajos salarios, la especulación, la escasez o la abundancia, existen porque son impuestas por gente de carne y hueso que lucra, se enriquece y que toma estas decisiones. ¿Quienes son ellos? Los grandes empresarios capitalistas que controlan el mundo, los dueños de las grandes empresas multinacionales, que controlan gobiernos, bolsas de valores, e instituciones como el Banco Mundial, la Reserva Federal o el FMI..
Controlar el mercado, los precios, el abastecimiento, no requiere de un brujo que conjure los malos espíritus que supuestamente existen más allá de la voluntad humana, sino que es la simple imposición de reglas para que el pastel de la riqueza social sea repartido más equitativamente entre todos los miembros de la sociedad.
Al final, la única manera de hacer esto, o sea, humanizar la economía, poner la producción al servicio de la gente, requiere la voluntad política de los explotados, organizados en partido político para la toma del poder, pues, está más que probado, que la clase explotadora no está dispuesta a compartir el pastel (la riqueza social) con los demás.
Esto, que ya es una necesidad acuciante en tiempos “normales” dada la inequidad e injusticia del sistema capitalista, se torna urgente en momentos de crisis, donde la irracionalidad e inhumanidad del sistema se pone completamente al descubierto. Porque las crisis capitalistas son las crisis más absurdas que ha habido en la historia, ya que en las sociedades pretéritas esas crisis se daban por catástrofes naturales o situaciones extremas como la guerra; pero las actuales crisis son “crisis de superabundancia”.
“La crisis precapitalista es una crisis de subproducción de valores de uso... Por el contrario, la crisis capitalista es una crisis de sobreproducción de valores de cambio. Se explica por la insuficiencia, no de la producción o de la capacidad física de consumo, sino de la capacidad de pago del consumidor. Una abundancia relativa de mercancías no encuentra su equivalente en el mercado, no puede realizar su valor de cambio, resulta invendible y arrastra a sus propietarios a la ruina” (Ernest Mandel. Tratado de economía marxista. Tomo 2).
La razón de esta anormalidad (crisis en medio de la abundancia) está en lo que Marx llamó la “anarquía” de la producción capitalista, en la que cada empresa busca maximizar sus ganancias explotando a sus trabajadores mientras que a la vez compite con sus pares en el mercado. Esa lucha salvaje por el control del mercado (competencia) impide cualquier intento de planificación, de poner orden a mediano o largo plazo. La “ley de la selva” capitalista impide cualquier intento de racionalizar el sistema.
No importa si las empresas y sus gobiernos toman medidas preventivas, que parecen funcionar por un tiempo (reformas laborales, liberalización económica, especulación financiera, proteccionismo), tarde o temprano la crisis vuelve, porque el mal está en el sistema mismo.
Resolver la crisis dentro de los marcos del sistema capitalista, o pretender humanizarlo (un “capitalismo más humano”, sugería Juan Pablo II) no sólo no resuelve el problema. Toda política de redistribución se convierte en apenas un paliativo, una aspirina que combate el dolor, pero no cura el mal.
Baste un ejemplo, los programas de combate a la pobreza, que ejecutan en la actualidad los gobiernos socialdemócratas de América Latina, llamados “subsidios condicionados” (como el de “hambre cero”, de Lula, o la Red de Oportunidades, de Torrijos) han fracasado porque no han sacado a nadie de la pobreza, ya que en el fondo son una simple limosna.
Cuando los gobiernos intentan esbozos de regulación económica se encuentran con mar de contradicciones insuperables. El gobierno panameño, después de años bregando por el TLC con EEUU, y el mal llamado “libre comercio”, para tratar de enfrentar la crisis alimentaria ha lanzado el programa “agrocompita”, uno de cuyos aspectos era la compra de la producción de arroz nacional y su repartición mediante puestos estatales. Ahora no sólo los productores han considerado bajo el precio ofrecido por quintal, exigiendo exportarlo a Costa Rica, sino que los grandes molineros y distribuidores se han negado a pagar mejores precios a los productores y prefieren importar.
Hasta lo que llaman “fracaso del socialismo” encuentra su explicación en la imposibilidad de establecer reglas de funcionamiento de la economía, de producción y distribución, sociales en un país aislado en medio de un mercado mundial regido por las leyes salvajes e inhumanas del capitalismo.
En un mundo cada vez más integrado social y económicamente, más globalizado, la tarea de una revolución socialista internacional sigue tan vigente hoy como ayer. En el camino, en función de la correlación de fuerzas concreta de cada momento, en la perspectiva de que se trata de una lucha generacional, un gobierno determinado puede tomar el camino de reformas parciales y la coexistencia con el mercado. Pero a condición de que no se pierda la perspectivade que los problemas que nos agobian no se resolverán definitivamente mientras subsista este sistema de explotación de clases.
“Sólo una organización consciente de la producción social, en la que se produzca y se distribuya con arreglo a un plan, podrá elevar a los hombres, en el campo de las relaciones sociales, sobre el resto del mundo animal en la misma medida en que la producción en general lo ha hecho con arreglo a la especie humana. Y el desarrollo histórico hace que semejante organización sea cada día más inexcusable y, al mismo tiempo, más posible. De ella datará una nueva época de la historia en la que los hombres mismos, y con ellos todas las ramas de sus actividades, incluyendo especialmente las ciencias naturales, alcanzarán un auge que relegará a la sombra más profunda, todo cuanto hoy conocemos” (Federico Engels. Dialéctica de la naturaleza).
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